jueves, 20 de marzo de 2014

El amor.

Este pequeño bicho, fenómeno, síntoma, sensación, como lo quieras llamar, es lo que te mueve a hacer locuras de cualquier tipo y lo mejor es que nadie está a salvo, ni el más rudo de los rudos o frívolos. En cierto punto de nuestra vida encontramos ese talón de Aquiles o quizá nuestra mayor fuerza, depende del ojo con el que se mire. 

El amor te puede enseñar lecciones dulces como la miel o amargas como el limón, pero forma parte esencial de la vida. En algún momento estas flechado por esa persona que aparentemente ilumina tus días y puf, al siguiente te sientes más roto que un pedazo de vidrio y te refugias en la gran mentira de que el tiempo todo lo cura, cuando no es más que un conciliador entre la aceptación y el dolor. 

El amor, sentimiento que predomina en románticos empedernidos, como tal es mi caso, nos flechamos hasta por el más pequeño detalle que nos llame la atención de una persona, a mi personalmente me ha pasado, sintiendo esa sensación de que cada vez que veía a esa persona el mundo era luz y felicidad y que decir de un saludo, un abrazo, hasta una breve mirada accidental, sin embargo, con el tiempo me di cuenta que no era amor en sí, si no más bien una especie de amor platónico, pues nunca he confiado en mi a la hora de relacionarme con los demás, pues a veces puedo ser algo brusca con mi trato, o mejor dicho torpe, pero en fin, el amor, es una de las magias, sensaciones o sentimientos de los más fuertes y que ha motivado a más de uno a dar su vida por eso que aman, en el sentido bueno o malo.

Lo que no se puede olvidar es que no es algo que tenga una cura o algo así, es simplemente algo que pasa y hay que dejarlo correr por su camino sin presiones. 




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